jueves, 22 de noviembre de 2007

Hiroshima

Hiroshima
El tren anuncia Hiroshima y de escuchar esas sílabas uno se pone en estado de alerta. Como si de examinar a una criatura en vísperas de su resurección se tratara, voy observando las caras de la gente, analizando, preguntándoles con la mirada "Todavía hoy piensan en la bomba atómica?". La respuesta nunca llega, ni se puede intuir. El hermetismo es total.
El tranvía que conecta la estación del tren bala con el museo memorial de Hiroshima nos deja en la estación correspondiente.


Leemos este cartel al unísono con el anuncio del alto parlante que en un suave inglés desliza "This is Atomic Bomb Dome" y el escalofrío no se deja esperar... lo que las caras de los lugareños no nos querían contar y lo que la arquitectura moderna de la ciudad absolutamente remodelada y reconstruída escondían, se hace presente de golpe.

Tremendo. A unos pocos pasos, restos de uno los edificios insignia de Hiroshima mostrandole al mundo que lo que pudo quedar en pie, quedó de esta manera:


Y que hoy es esto que ven....

Caminando por el hermoso parque que ahora recuerda esta tragedia de la humanidad (como está plasmado en el museo, el mensaje es que esto le pasó a la humanidad, no a Japón solamente), uno en cada paso se plantea como podemos haber llegado a semejante nivel de imbecilidad. ¿Como es posible que 140 mil personas hayan sido liquidadas, arrasadas, exterminadas? Descreo de la capacidad de cualquier ciencia social de obtener una respuesta satisfactoria a este interrogante. Eso me desespera y me hace pensar que sigue siendo posible, y que hoy, con Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia, China y Pakistán con bombas atómicas en su poder, que sumadas dan 1 millón de veces la capacidad de la que explotó en Hiroshima, estamos mucho peor que antes, que necesitamos ponerle fin a esta imbecilidad creciente, porque ya no es un negocio, porque ya no es poder, es sencillamente imbecilidad. Todavía no comprenden que no habrá ganadores en un mundo arrasado, que no habrá lo que comprar, lo que gobernar, lo que ostentar, en la condición de humanidad extinta que quedará. Me desespera. Me angustia.



Miro el documental con las enfermedades desarrolladas por los habitantes que quedaron expuestos a la radiación. No hay consuelo. Miro el documental sobre las redes sociales destruídas e irreconstruibles tras la tragedia, los miles de huérfanos como resultado de la catástrofe. Llorar de tristeza, de bronca y de impotencia... la única emoción posible.


Carteles señalando la responsabilidad de Japón en la guerra y su papel nefasto en relación a la masacre de miles de chinos, son algunos paños fríos en medio de un incendio que no parece poder apagarse con nada.


La esperanza de que chicos de colegio primario que visitan el lugar vayan comprendiendo que lo que sucedió es producto de la industria de la guerra es una ventanita de esperanza. Ojalá todos pudieran venir y vivirlo. Tu cabeza hace clic y empezás a entender que ya nada tiene sentido si en 10 segundos un maniático puede terminar con todo esto sólo para demostrar que tiene poder.

La bomba atómica que Estados Unidos lanzó contra Hiroshima y la siguiente contra Nagasaki son otros de los exponentes de la imbecilidad humana que debemos combatir, con educación, con tolerancia, con compromiso, con derechos humanos, con transparencia y reciprocidad. La bomba atómica que el hombre lanzó contra el hombre: sí....una locura.




Fuji-san o el señor Fuji

Oscuros secretos, leyendas, mitos, traiciones, amores, victorias, derrotas, batallas, rituales... todo lo ha presenciado desde su existencia y su existencia es la que define Japón. Bosques con paleta de colores infinitos, caminos sinuosos que anuncian la llegada de un fenómeno natural que precedió todo sendero, energía que transforma el tiempo y lo suspende a su antojo.
El gigante vive. Admirarlo es la hipnosis de concebirlo como se nos manifiesta ante nosotros. Su soledad lo agranda, pero lo acerca a quienes queremos conocerlo de cerca. Nubes suspendidas en torno a sus alturas intermedias lo embellecen, no sin además dotarlo de estirpe entre otros montes que pueden tener otras cualidades. Los hay más altos, los hay más difíciles de conquistar, los hay más helados... El gigante los conoce y reconoce, pero sabe que aún así, él es el único y siempre lo será.

Las nubes no son solo un cinturón natural que no se puede comprar, son la señal de que él domina y decide como vestirse cada día, cada hora, cada minuto; son la evidencia de que cuando estás con él, estás más cerca de la verdad, de la sabiduría, de la historia...y también de vos mismo.

El gigante esconde los tesoros de una civilización milenaria, lo sabe y no lo oculta para que sigas observándolo, para que nunca olvides que él, él es Fuji-san: el único, el símbolo de Japón.




Al atardecer... con luna incluída


De mañana...


De tarde...




De tardecita...de nuevo