El zumbido que demuele las imaginables barreras del tiempo y del espacio que predominan en nuestras concepciones latinas llega a su fin. Se detiene el Nozomi Shinkansen en la estación de Tokyo tras una hora y cuarenta minutos para recorrer los 450 kilómetros que lo separan de Nagoya y comienza la carrera contra reloj. Misión (casi) imposible conocer Tokyo en solamente 36 horas. Me empieza a surgir la idea de una tregua de instantaneidad... no pude terminar un sueño y ya me estaba bajando del tren.
La preparación previa a este viaje exigió un estudio pormenorizado de los lugares, momentos y distancias a recorrer durante el limitado tiempo del que disponía. Maximizar sujeto a recursos limitados, una vez más, pero ahora en una ciudad desconocida y desafiante. Guías, mapas, recomendaciones de viajeros previos y cuanta fuente de conocimiento imaginable fueron consultadas previa a la llegada.
Edo (así llamada antiguamente) nos recibía nublada y descampada, lejos del delirio de gente y dinámica urbana. Con el fresco de la mañana avanzamos hacia el Palacio Imperial y sus jardines, en lo que podría ser perfectamente el centro geográfico del radio turístico que en general la gente visita. Aunque prolijo, bello y bien cuidado, con la presencia de los locales haciendo rutinas de ejercicio en torno al perímetro del palacio, el palacio no transmite el peso de su historia.

La travesía urbana continuó hasta arribar a dos museos señalados como puntos de interés, el de arte moderno y el de Crafts (llamarlo artesanías suena a poco y no lo merece, es verdaderamente arte en objetos). Previa parada en los siempre prácticos y bellos shops de souvenirs, advertimos la presencia de un antiguo templo sintoista, que a esta altura, ya nos parece parte de la arquitectura japonesa en cada ciudad, salvo en la propia...Nagoya no tiene tantos.
Los jardines de Shinjuku le pusieron un poco más de verde a una tarde que se hace realmente corta al anochecer alrededor de las 4.50 de la tarde en Japón, y más aun en el norte (amanace temprano...hay un tema con el horario que todavía no pude averiguar, deberían adelantar la hora, pero son japoneses, algún motivo tienen que tener). Aún así, el parque amplio permitía que la yoga, el badminton o el catching ball pudieran convivir en un espacio más que cómodo.

Estresado por la calma agua que recorría los jardines y el verde japonés (una tonalidad indescriptible porque debo haber visto más de 100 distintas en lo que va de este viaje) debí refugiarme a descansar como pueden ver acá con cara de sufrimiento.

Convencido de que la tarea era seguir conociendo barrios-satélite de Tokio (profundizaré sobre el concepto en breve), Shibuya parecía una buena idea para pasar la tarde noche recorriendo sus shops y su densidad comercial abrumadora. (ver foto / video)
Como se desprende del relato, Tokio es una ciudad sin transiciones, algo que entendés cuando pasar un de barrio a otro exige tomar...un subte, o cuando entre un cruce de avenidas y otros el paisaje urbano subitamente se modifica. Es posible que vengas caminando por una avenida muy transitada, llena de gente en la calle y comercio, cruces una avenida y sientas que estás en otra ciudad totalmente distinta. Es casi como una ciudad donde cada barrio tiene su actividad, su especialidad, su horario y su manera de recorrerlo.
Y el otro elemento que ya mencioné, quizás tan importante como el anterior, es el "factor subte". Para ponerlo claramente: El subte de Tokio es una pesadilla. Su variedad en líneas, alcance geográfico y comodidad en los trenes se disuelve completamente en su completa inutilidad y falta de practicidad para quien no está habituado a utilizarlo (incluso para los propios turistas japoneses de otras ciudades como se veía en los andenes). Dos empresas se dividen las líneas, por lo que un boleto que saques en una es muy factible que no te sirva para hacer combinación en una estación de la línea de la otra empresa. Los guardas no conocen todas las estaciones, las combinaciones pueden hacerte salir a caminar a la calle dos cuadras sobre tierra, y en promedio caminas 500 metros en cada una que haces, los carteles son confusos, el inglés que manejan malo y escaso... Absolutamente frustrante! Y más cuando no te sobra el tiempo para perderlo entre "kudasai" "onegai shimasu" y "arigató gozaimashita" (por favor, gracias y demas modismos necesarios frente a cada consulta).
Llegando al hostel despues de una hora y media de frustración subterránea, agotado por la jornada demoledora, y con la agenda que indicaba conocer la noche de la ciudad con un subte que cierra a las 0 horas (Perdón, Nueva York, perdoname!!) y donde un taxi desde el centro sale 50 dólares o más... el instinto latino empezó a aflorar nuevamente y sacar lo peor de mí.
Puteadas contra la megalópolis nipona en criollo de barrio mechadas con gestos de resignación ilustran un poco el ánimo con el que volví al hostel después de conocer Rippongi y verificar que era una mezcla de cabarets de Esmeralda con restaurantes a precios de Recoleta al cubo, rodeada de tiendas a lo Once con pretensiones de 5ta Avenida. En una palabra, si me permiten: bizarro, pero bizarro feo. Ni siquiera poder mirar a Carlitos Tevez en la pantalla de plasma de un pub irlandés me puso de buen humor. Único lugar donde no saqué fotos de todo el viaje.
Escribí en mi diario mental lo siguiente para cuando tuviera que volver a mi (en ese momento más que nunca) añorada Nagoya y escribiera en este blog:
- Tokio me decepcionó.
- No vuelvo subirme a este subte.
- No será una de mis primeras opciones dentro de Japón venir a Tokio.
- Tokio no parece Japón.
¿Quieren más...? Mañana... (hoy a la tarde para ustedes)